Los mitos incendiados
La alteración del lenguaje es un recurso literario que tiene su máximo desarrollo en el género poético. En este libro, la rabia y la emoción incontenible se expresan con un lenguaje cortado, tajante, histriónico. Rompe la fluidez sintáctica, elimina partículas determinantes y se vale del significante (la palabra) para golpear al lector con una desnudez impúdica.
Hay marcadas pretensiones animales,
citas de insomnio, luces de locura,
hay una vez lo nunca siempre cuándo
habiendo siempre nunca otra vez.
Así, la lectura se torna cortante, violenta, inquieta: nos altera. Y consigue su propósito: la emoción, no sólo por el referente, sino también por el significante, que nos llega como un nuevo referente.
Prolifera la adjetivación del sustantivo y utiliza palabras sorprendentes, neologismos o americanismos y, en ocasiones, entra en la poética de lo soez. No hay reparos en utilizar recursos contra el exceso lírico. Lo soez es la causa que modifica, altera y reconduce el mensaje. Para el autor, este vocabulario tiene una funcionalidad. Es un factor expresivo más. Lo curioso es que no nos asombra tanto verlo en prosa como en este género. Estamos familiarizados con el Tremendismo de postguerra, un término que se acuña con espíritu peyorativo por críticos del momento). Cela, en su Diccionario Secreto, pone multitud de ejemplos del empleo del lenguaje duro y soez en la literatura, no ya del Siglo de Oro, sino de autores como Rafael Alberti. Pero podríamos seguir, recordando la sátira latina (Cátulo, Marcial, Horacio), o el llamado Realismo Sucio del siglo XX de Charles Bukowski, donde lo vulgar o soez adquiere una funcionalidad expresiva fundamental.
Pero esto es anecdótico ante un texto exuberante, en parte, gracias al uso del simbolismo y la multiplicidad de los referentes: lo que un significante es capaz de expresar para el lector se multiplica. Así, el mensaje se eleva a planos que superan la razón establecida. Y, desde ahí, autor y lector pueden llegar al conocimiento. Ahí es cuando entra en escena la moral en este libro (las normas entre el bien y el mal). Porque el autor se posiciona firmemente. No entra en la hipérbole, en la exageración, en lo excéntrico. Pero sí es profuso y concreto:
No hay prostitución, sólo proxenetas y clientes.
(…) se gestaba una revolución silenciosa y violentada en nuestros cuerpos.
Amar la patria supone amar a la madre y al padre que golpean por tu bien. Equiparar lo social y lo individual: la patria y los progenitores, típico de los regímenes autocráticos, es algo asumido con fatalismo: La liberación es una revuelta contra quien te amó y cuidó.
Ese posicionamiento, tan importante, va más allá, tocando el mito de la libertad o sorteando las trampas del pensamiento judeo-cristiano. Y será lo que aporte el sustento ético en las codas.
La coda. Actitud didáctica. Ética
En cuanto a las codas, se diría que sostienen una vocación didáctica con evocaciones a los libros de enseñanzas de la antigüedad.
Cuando decide rescatar los poemas 40 años después, el poeta es otro ya. Por él ha transcurrido la vida y ésta le ha dotado de madurez y contención. Las codas de este libro son aclaratorias. Su lenguaje es enunciativo y explicativo. El significante y el significado se aproximan y se cierran y los valores simbólico y surreal desaparecen porque con ellas el autor le quita el poder al lector y se convierte en un emisor didáctico que explica y categoriza las ideas para formar una unidad ética.
Las codas son reminiscencias didácticas. Todas comienzan con una actitud lírica apostrófica (en 2ª persona): Y si así no percibieseis (…); proliferan los imperativos y la evocación al texto bíblico con dos apuntes comunes a todas ellas: la exhortación, siempre persuasiva, que nos recuerda al Libro de la Sabiduría (Ansiad, pues, mis palabras. Deseadlas y seréis instruidos); las parábolas, que iban seguidas en algunas ocasiones de una coda explicativa (¿Habéis entendido todo esto?); o las Bienaventuranzas.
Ejercen una función de epílogo, haciendo honor a su etimología (coda procede de couda en latín, cola) y delatan la necesidad revisionista del autor y la de posicionarse como faro ético.
José M.ª Herranz construye su propia ruptura de un discurso vivo porque visibiliza a los que sufren, a los que son marginados, a las víctimas del silencio impuesto y porque está escrito desde la emoción sincera de la juventud y desde la sabiduría reflexiva de la madurez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Déjalo caer...